El Realismo es el movimiento pictórico que surge en Francia a mediados del siglo XIX como reacción tanto al idealismo neoclásico como al exotismo romántico. Los realistas reivindican pintar lo que se ve, sin embellecer ni teatralizar: el campesino que siega el grano, el obrero en la fábrica, la lavandera, el mendigo. Por primera vez en la historia del arte mayor, la vida cotidiana de las clases populares ocupa el centro del lienzo en gran formato.
Pictóricamente conserva la solidez formal del academicismo pero la pone al servicio de un tema profundamente social. La paleta tiende a los tonos terrosos, la luz suele ser uniforme y honesta, el dibujo es preciso y la composición rehúye el dramatismo gratuito. Hay una voluntad ética en el realismo: dignificar al sujeto, denunciar la desigualdad, documentar el presente.
El padre del movimiento es Gustave Courbet, autor de El entierro de Ornans (1849) y Los picapedreros, que provoca escándalo en el Salón al pintar campesinos a la escala que la academia reservaba a héroes y santos. Junto a él destacan Jean-François Millet con El ángelus y Las espigadoras, Honoré Daumier y su mirada satírica sobre la burguesía, y el ruso Iliá Repin.
Las reproducciones realistas aportan calidez, sobriedad y un punto humano a cualquier estancia. Funcionan especialmente bien en comedores, cocinas, zonas de trabajo y espacios rurales o de inspiración rústica.