Pierre-Auguste Renoir (Limoges, 1841 — Cagnes-sur-Mer, 1919) empezó a los trece años pintando flores en vajillas de porcelana. Cuando la industria mecanizó el oficio se quedó sin trabajo, entró en el taller de Gleyre y allí conoció a Monet, Sisley y Bazille.
De todos los impresionistas fue el más interesado en la gente. Mientras los demás perseguían el paisaje, él llenó los cuadros de bailes, meriendas y conversaciones: Baile en el Moulin de la Galette (1876), en el Museo de Orsay, y El almuerzo de los remeros (1880-1881), en la Phillips Collection de Washington, están hechos de luz filtrada entre hojas y caras que se ríen.
Un viaje a Italia en 1881 le hizo dudar de todo aquello y volvió durante unos años a un dibujo más duro y clásico. En la vejez, con una artritis que le deformó las manos, siguió pintando con el pincel sujeto entre los dedos vendados.
Su piel y sus telas se construyen con veladuras finísimas que un soporte brillante aplana. El lienzo de algodón que usamos las respeta, y montamos cada cuadro a mano en nuestro taller.