Gustav Klimt (Baumgarten, Viena, 1862 — Viena, 1918) era hijo de un grabador de oro, y eso acabó notándose. Empezó como pintor decorativo de edificios públicos junto a su hermano Ernst, con un academicismo impecable, hasta que en 1897 rompió con la institución y fundó con otros artistas la Secesión vienesa, bajo el lema «a cada tiempo su arte, al arte su libertad».
Su etapa dorada llega entre 1901 y 1909, cuando empieza a aplicar pan de oro directamente sobre el lienzo. De ahí salen Judith I (1901) y El beso (1907-1908), las dos en el Belvedere de Viena, y el Retrato de Adele Bloch-Bauer I (1907), hoy en la Neue Galerie de Nueva York. También diseñó el friso del palacio Stoclet de Bruselas, del que forma parte El árbol de la vida.
Su fórmula es reconocible al instante: rostros y manos tratados con naturalismo y el resto disuelto en mosaicos, espirales y rectángulos de oro. Murió en 1918, el mismo año que Schiele y Moser.
El oro de Klimt es lo más difícil de reproducir: tiende a apagarse o a virar a mostaza. Calibramos cada archivo para sostener esos ocres y montamos el lienzo a mano; sus formatos cuadrados quedan especialmente bien en medidas grandes, que fabricamos a la carta.