El grabado no es propiamente un movimiento sino una familia de técnicas de impresión que han acompañado a la historia del arte desde el siglo XV. Su característica esencial es la reproducción múltiple a partir de una matriz: el artista trabaja sobre una plancha (madera, metal, piedra, linóleo) y la imagen se transfiere por presión al papel, generando una tirada de estampas idénticas. Por eso el grabado ha sido tradicionalmente el arte más democrático: más accesible que la pintura única.
Las grandes técnicas históricas son la xilografía (matriz de madera, la más antigua, base del ukiyo-e japonés), el grabado calcográfico sobre plancha de cobre (aguafuerte, buril, punta seca), la litografía sobre piedra calcárea (inventada en 1796, base del cartel moderno) y la serigrafía contemporánea. Cada técnica deja una huella visual reconocible: la fibra de la madera, la línea limpia del aguafuerte, la mancha aterciopelada de la punta seca, la planitud de la litografía.
Los grandes maestros del grabado lo han sido siempre a la vez de la pintura: Alberto Durero y sus xilografías y aguafuertes del Renacimiento alemán, Rembrandt van Rijn y sus aguafuertes íntimos, Francisco de Goya con los Caprichos, los Desastres de la guerra y los Disparates, los maestros del ukiyo-e japonés (Hokusai, Hiroshige), y Pablo Picasso, autor de una obra grabada inmensa.
Las reproducciones de grabados aportan refinamiento y elegancia gráfica. Son ideales para colecciones (varias series enmarcadas iguales), despachos, bibliotecas, pasillos largos y cualquier espacio donde se busque un acabado sobrio y de coleccionista.