Carl Gustav Carus (Leipzig, 1789 — Dresde, 1869) fue médico antes que pintor, y no dejó de serlo nunca: catedrático de obstetricia, naturalista, autor de tratados de anatomía comparada y médico personal del rey de Sajonia. Pintaba en el tiempo que le dejaba todo eso.
En Dresde conoció en 1817 a Caspar David Friedrich y se hicieron amigos. De esa relación salen sus mejores paisajes —cementerios de monasterio en la nieve, balcones abiertos a la niebla, monumentos en el bosque— y también sus Nueve cartas sobre la pintura de paisaje (1831), el texto que mejor explica por qué esa generación pintaba la naturaleza como pintaba.
Su idea, que llamó pintura de la vida de la tierra, era que un paisaje debía mostrar los procesos geológicos y atmosféricos reales, no un decorado. Viajó a Italia, a Escocia y a la isla de Rügen, y mantuvo correspondencia con Goethe, a quien dedicó un monumento pintado tras su muerte.
Sus nieblas y sus cielos son degradados muy amplios en gamas frías. Imprimimos con tintas de alta gama sobre lienzo de algodón para que esas transiciones queden continuas, y montamos a mano en nuestro taller de Jaén.