Paul Klee (Münchenbuchsee, Suiza, 1879 — Muralto, 1940) dudó hasta los veinte años entre la música y la pintura; era buen violinista y tocó en orquesta toda su vida. Esa formación se nota: sus cuadros funcionan por ritmo, repetición y variación más que por representación.
El viaje a Túnez de 1914, con August Macke, fue su momento de claridad. Anotó en el diario que el color lo había poseído y que ya no tenía que perseguirlo: él y el color eran una misma cosa.
Enseñó en la Bauhaus entre 1921 y 1931 y escribió unos cuadernos pedagógicos que todavía se estudian, donde define el dibujo como sacar una línea a pasear. En 1933 los nazis lo señalaron como artista degenerado y volvió a Suiza, donde murió enfermo en 1940.
Sus obras son pequeñas, con texturas de yeso, gasa o cartón que forman parte del cuadro. Reproducimos esa granulación sobre lienzo de algodón y montamos a mano cada pieza.