Jean-Baptiste Camille Corot (París, 1796-1875) tenía veintiséis años y trabajaba en una tienda de telas cuando su padre le concedió una renta para que pintara. No tuvo que vender un cuadro para vivir, y eso le permitió pintar lo que quiso durante cincuenta años.
Su primera estancia en Italia, entre 1825 y 1828, decidió el resto. Allí se acostumbró a trabajar al aire libre y a resolver un paisaje por valores de luz en lugar de por dibujo: El puente de Narni es un estudio del natural que hoy parece pintado un siglo después. Fue uno de los referentes del grupo de Barbizon sin llegar a instalarse allí.
En sus últimos veinte años inventó un género propio, los recuerdos: paisajes de memoria, con árboles de follaje vaporoso y una gama de grises plateados que se vendieron tanto que llegaron a falsificarse por millares. Recuerdo de Mortefontaine (1864) está en el Louvre. Con el dinero que ganó mantuvo a Daumier ya ciego y compró una casa a la viuda de Millet.
Su gama es estrechísima: todo ocurre entre grises verdosos y plateados muy próximos. Cualquier exceso de contraste la rompe, así que calibramos con perfil suave antes de imprimir sobre lienzo de algodón y montamos a mano.