El arte medieval abarca un periodo enorme, desde la caída del Imperio Romano de Occidente en el siglo V hasta el inicio del Renacimiento en el siglo XV. Mil años de pintura cristiana europea repartidos en grandes etapas: arte paleocristiano y bizantino, arte prerrománico, románico (siglos XI-XII), gótico (XIII-XV) y, en Italia, la transición protorenacentista del Trecento con Giotto.
Lo que une toda esta producción es su finalidad religiosa y didáctica: pintar para enseñar la fe en una época de analfabetismo generalizado. Las técnicas y soportes son muy variados: mosaicos bizantinos, frescos murales en iglesias y monasterios, miniaturas que iluminan códices y libros sagrados, retablos sobre tabla, iconos, vidrieras. La composición tiende a la frontalidad jerárquica, el fondo es a menudo dorado (sin profundidad terrenal), las figuras pierden volumen y peso en favor del simbolismo.
Aunque la individualización del artista es tardía, se conocen nombres tan importantes como Cimabue, maestro toscano del Duecento, Duccio di Buoninsegna y la escuela sienesa, y sobre todo Giotto di Bondone, autor de los frescos de la Capilla Scrovegni de Padua, que abre el camino al Renacimiento. En la pintura medieval tardía destacan también los hermanos Limbourg con Las muy ricas horas del duque de Berry.
Las reproducciones medievales son ideales para ambientes con carácter histórico o espiritual: iconos en oratorios, miniaturas en bibliotecas, escenas de cazas medievales en comedores rústicos, o retablos góticos en espacios con voluntad meditativa.