El expresionismo nace en las primeras décadas del siglo XX, principalmente en Alemania, como reacción frente al positivismo y al naturalismo del XIX. Para los expresionistas, pintar no es reproducir la realidad sino traducir lo que el artista siente al mirarla: la angustia, el deseo, el miedo, la euforia. La obra deja de ser una ventana abierta al mundo y se convierte en un grito interior.
Técnicamente se reconoce por la deformación expresiva de figuras y paisajes, el uso del color como signo emocional (no descriptivo), las pinceladas violentas y los contornos marcados. Los rostros se alargan, los cielos arden, los espacios urbanos se inclinan. Dos grupos articulan el movimiento en Alemania: Die Brücke en Dresde (Kirchner, Heckel) y Der Blaue Reiter en Múnich (Kandinsky, Marc, Macke).
El precursor más célebre es el noruego Edvard Munch con El grito (1893), una de las imágenes más reproducidas de la historia del arte. Junto a él destacan Ernst Ludwig Kirchner, Wassily Kandinsky antes de su abstracción pura, Franz Marc y sus caballos azules, Egon Schiele con sus retratos angulosos y Oskar Kokoschka.
Las reproducciones expresionistas aportan carácter y energía a cualquier interior. El grito de Munch funciona como pieza única en paredes amplias; los paisajes y animales de Marc encajan bien en salones modernos y espacios juveniles; las composiciones cromáticas de Kandinsky son perfectas para decoraciones contemporáneas con estilo.