Edvard Munch (Løten, 1863 — Oslo, 1944) perdió a su madre por tuberculosis cuando tenía cinco años y a su hermana Sophie por lo mismo cuando tenía trece. Casi todo lo que pintó después sale de ahí. La niña enferma (1885-1886) es Sophie, y la repitió en seis versiones a lo largo de cuarenta años.
Agrupó sus cuadros en un ciclo que llamó El friso de la vida, con el amor, el miedo y la muerte como capítulos. De ahí salen Madonna, El beso, Melancolía y El grito, que pintó en 1893 y del que existen dos versiones al óleo, dos al pastel y una litografía. El propio Munch anotó en el marco de una de ellas la frase sobre el grito infinito que atravesaba la naturaleza.
Una crisis nerviosa en Copenhague en 1908 lo obligó a parar ocho meses. Los treinta y cinco años siguientes los pasó sobre todo en Noruega, más tranquilo y más luminoso. Dejó en herencia a la ciudad de Oslo más de mil cuadros y quince mil estampas.
Munch dejaba el lienzo respirar a propósito: hay zonas casi crudas y capas muy finas que no deben cerrarse. Imprimimos sobre lienzo de algodón, que conserva ese grano, y montamos a mano en nuestro taller de Jaén.