El postimpresionismo agrupa a una generación de pintores que, entre 1880 y 1905, parten del impresionismo pero se rebelan contra su disolución de la forma. Buscan recuperar la estructura, la composición sólida y, sobre todo, una expresión más personal y simbólica. No es un movimiento unitario sino un puñado de trayectorias geniales que cada una abre su propio camino y prefiguran las vanguardias del siglo XX.
Sus rasgos comunes son la libertad cromática (el color deja de imitar la naturaleza para responder a la emoción), la pincelada cargada y expresiva, y la búsqueda de un orden formal nuevo. Cada autor llega al mismo objetivo por una vía distinta: Cézanne reconstruye el espacio con planos geométricos, Van Gogh hace vibrar el lienzo con empastes torrenciales, Gauguin huye a Tahití para encontrar colores planos y misterio simbólico, Seurat ordena el color en puntos científicos.
Las cuatro figuras centrales son Vincent van Gogh con La noche estrellada y sus girasoles, Paul Cézanne y sus naturalezas muertas y montes Saint-Victoire, Paul Gauguin con sus tahitianas, y Henri de Toulouse-Lautrec con sus carteles del Moulin Rouge. También se incluyen aquí Georges Seurat y los neoimpresionistas.
Las reproducciones postimpresionistas son de las más demandadas en decoración. La noche estrellada de Van Gogh queda espectacular en dormitorios principales y salones; sus girasoles aportan luz a cualquier comedor; los carteles de Toulouse-Lautrec encajan en zonas de ocio o restauración.