El Romanticismo es el movimiento artístico que domina la primera mitad del siglo XIX como reacción al racionalismo y al orden neoclásico de la Ilustración. Frente a la razón, los románticos reivindican la emoción, la imaginación, la naturaleza salvaje, la libertad individual y la fascinación por lo lejano y lo medieval. Es la pintura del sentimiento, del paisaje sublime y del individuo solitario frente a un mundo inmenso.
Pictóricamente se caracteriza por composiciones dinámicas, gestualidad apasionada, paletas dramáticas que pasan de los grises plomizos a los rojos intensos, y una predilección por temas históricos, literarios o exóticos. La naturaleza ya no es decorado: es protagonista. Tempestades, naufragios, bosques nórdicos y ruinas medievales pueblan los lienzos.
Sus grandes nombres se reparten por toda Europa: el alemán Caspar David Friedrich con su Caminante sobre el mar de nubes, el francés Eugène Delacroix y La libertad guiando al pueblo, Théodore Géricault y su Balsa de la Medusa, el inglés J.M.W. Turner con sus tormentas atmosféricas, y la obra tardía de Francisco de Goya con las pinturas negras y los desastres de la guerra.
Las reproducciones románticas son ideales para crear ambientes con personalidad: paisajes de Friedrich en dormitorios y estudios para evocar introspección; escenas heroicas de Delacroix en salones amplios; marinas de Turner en cualquier estancia que pida atmósfera y luz cambiante.