El impresionismo es el movimiento pictórico que nace en Francia en la segunda mitad del siglo XIX y revoluciona la manera de mirar la realidad. Los impresionistas abandonan el estudio académico para pintar al aire libre (plein air) y captar la luz cambiante de un instante, la atmósfera de una mañana de niebla o el reflejo del sol en el agua. Su nombre proviene del cuadro Impresión, sol naciente (1872) de Claude Monet, que un crítico utilizó con tono burlón y que el grupo terminó adoptando con orgullo.
Técnicamente se reconoce por la pincelada suelta y visible, la yuxtaposición de colores puros sin mezclar en la paleta y el rechazo del dibujo previo. Las sombras dejan de ser negras y se llenan de violetas, azules y verdes; los contornos se desdibujan; importa más la sensación que el detalle. El motivo deja de ser histórico o mitológico para volverse cotidiano: estaciones de tren, jardines, regatas, cafés, bailes en Montmartre.
Los grandes nombres del grupo son Claude Monet con sus nenúfares y catedrales, Auguste Renoir y sus escenas de luz dorada, Edgar Degas con bailarinas y caballos, Camille Pissarro, Berthe Morisot y Édouard Manet como precursor.
Una reproducción de un cuadro impresionista llena de luz y color cualquier estancia. Los nenúfares de Monet quedan especialmente bien en salones amplios y dormitorios principales, mientras que las escenas de Renoir aportan calidez a recibidores y comedores. Es uno de los estilos más versátiles para decoración contemporánea.