El Simbolismo es el movimiento artístico y literario que surge en Francia y Bélgica hacia 1880 como reacción contra el Realismo y el Impresionismo. Para los simbolistas, el arte no debe describir la realidad visible sino sugerir lo invisible: sueños, mitos, alegorías, estados del alma. La pintura se convierte en una vía de acceso a lo espiritual, lo erótico, lo inconsciente y lo mistérico.
Sus rasgos pictóricos son variados porque el grupo no comparte un estilo único, pero sí una atmósfera común: predominio de temas mitológicos, bíblicos o literarios; figuras femeninas ambiguas (la femme fatale, la virgen-mártir); paletas que oscilan entre el oro bizantino y los azules nocturnos; abundancia de motivos vegetales y orgánicos que anticipan el modernismo.
Las figuras esenciales son Gustave Moreau con La aparición y Júpiter y Sémele, Odilon Redon y sus pasteles oníricos, Pierre Puvis de Chavannes y sus grandes murales alegóricos, el suizo Ferdinand Hodler, el belga Fernand Khnopff y, en la órbita del Art Nouveau, Gustav Klimt con El beso y los retratos dorados, considerado a menudo simbolista y modernista a la vez.
Las reproducciones simbolistas son perfectas para decoraciones con carácter literario, romántico o esotérico. El beso de Klimt queda excepcional en dormitorios principales y salones; las obras de Moreau y Redon aportan misterio a bibliotecas, despachos y espacios de creación.