Todos nuestros cuadros son reproducciones digitales de auténticas obras de arte. Las imprimimos sobre los mejores lienzos de algodón 100% del mercado y utilizando la última tecnología de impresión para un acabado impecable. Comprueba las calidades y acabados de nuestros cuadros y te darás cuenta de la auténtica diferencia respecto a nuestros competidores.
Sólo utilizamos telas 100% algodón, de los mejores fabricantes, con una densidad de 360gr/m2, para garantizar una imagen lo más real posible a la obra original. Son los mismos lienzos utilizados por los pintores y museos para las reproducciones de sus obras.
La textura del lienzo resalta la obra de arte y se consigue lo más cercano al aspecto de una pintura original.
Imprimimos las obras de arte utilizando la técnica de impresión por Giclée, la mas más avanzada actualmente, lo que permite una resolución, nitidez y colorido insuperables. Utilizamos impresoras gran formato con la más moderna tecnología y tintas ecológicas.
Montamos todos nuestros cuadros sobre un bastidor de madera de abeto alistonado de 3 x 3 cm / 3 x 4.5 cm. Esta madera es ideal para la fabricación de bastidores ya que al ser alistonada refuerza el bastidor y evita deformaciones del mismo debido a la tensión del lienzo.
Todos nuestros bastidores son fabricados artesanalmente a mano, uno a uno, a la medida deseada por el cliente. Van reforzados por tensores en las esquinas cortadas en inglete y, junto a su grapado en V y sus barras tensoras para medidas de más de 1 metro, garantizan un bastidor de madera duradero.
Un hombre leyendo
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La Escuela Flamenca
A mediados del siglo XV, en el vibrante crisol de la pintura flamenca, emerge la figura de Rogier van der Weyden. Nacido como Roger de le Pasture en Tournai hacia 1390, su arte se forjó en el taller de Robert Campin, el enigmático Maestro de Flémalle. Allí, asimiló el realismo minucioso que definía a sus contemporáneos, pero su genio lo llevó más allá, infundiendo en sus obras una profundidad emocional y un dramatismo que pocos lograron igualar. En una época donde la fe y el poder se entrelazaban, Rogier supo conectar con la esencia del sufrimiento y la devoción de una manera que resonaba profundamente. Lo que distingue a Rogier van der Weyden de otros maestros como Jan van Eyck es su capacidad para dotar a sus personajes de una carga psicológica palpable. Mientras Van Eyck exploraba la luz y el detalle con una precisión casi científica, Rogier se sumergía en el alma de sus figuras, utilizando gestos, expresiones y composiciones dinámicas para provocar una respuesta visceral en el espectador. Sus lienzos no solo narran historias; sienten, invitando a la contemplación y la empatía. Es el artífice de la emoción contenida y la tragedia elegante, un rasgo que se convertiría en su sello personal y en un faro para futuras generaciones. Entre sus creaciones más notables, el "Descendimiento de la Cruz" (c. 1435) es una conmovedora declaración de su maestría. La forma en que las figuras se agrupan en un espacio comprimido, la simetría entre Cristo y la Virgen desmayada, y la expresividad de cada rostro, la convierten en una pieza fundamental del arte occidental. El "Tríptico de Miraflores" o el "Retrato de una dama" también muestran su habilidad en la pintura religiosa y el retrato, donde cada pincelada contribuye a la narrativa o a la caracterización del retratado. Un detalle curioso es que, al establecerse en Bruselas, Rogier adaptó su nombre de pila francés, Roger de le Pasture, a su equivalente neerlandés, Rogier van der Weyden, un gesto que refleja la dualidad cultural de la región en ese periodo. El legado de Rogier van der Weyden es vasto. Su influencia se extendió por toda Europa, dejando una huella en generaciones de pintores flamencos, alemanes y españoles, quienes adoptaron su manera de representar la emoción y la composición dramática. Sus obras, predominantemente de género religioso y retrato, ejecutadas con la técnica del óleo sobre tabla, continúan siendo estudiadas y admiradas por su técnica y su profunda humanidad. Su visión se vincula al movimiento del Primitivo flamenco, y su arte sigue invitándonos a explorar la complejidad de la experiencia humana a través de la belleza.
Primitivos flamencos es la denominación historiográfica para los maestros de la escuela flamenca de pintura en sus siglos iniciales. Dentro de la pintura flamenca existen varias escuelas: la italianista y la reaccionaria durante los siglos XV al XVI, y la naturalista o colorista de la Escuela de Amberes del siglo XVII. Las dos primeras hacen referencia a la pintura de los Países Bajos que surgió dentro del Renacimiento Europeo. Estaban formadas por un conjunto de artistas relativamente aislados de la revolución del Renacimiento y algunos, como la escuela reaccionaria, contrarios a influencias italianizantes. Aún conservaban rasgos del estilo gótico, técnicos, como el uso de la tabla en lugar del lienzo, y temáticos, sobre todo religiosos y espirituales. Sin embargo, su habilidad detallista e intereses les impulsaron a investigar y a descubrir de forma empírica la perspectiva, a perfeccionar la técnica del retrato al que dotaron de gran profundidad psicológica y a reivindicar el paisaje como tema pictórico. Su concepción medieval del artista como artesano evitó que muchos de estos pintores fueran conocidos puesto que bastantes no firmaban sus obras hasta bien avanzado el sigloXVI. Tampoco se entregaron demasiado a la reflexión sobre su arte por lo que son escasas las biografías y los tratados sobre sus técnicas, aunque alguno nos ha llegado. De la pintura flamenca se pueden observar obras maravillosas en España, ya que sus reyes fueron admiradores de su pintura. Destacan por su importancia los depósitos del Museo del Prado, como por ejemplo el retablo del Descendimiento de Van der Weyden.