Todos nuestros cuadros son reproducciones digitales de auténticas obras de arte. Las imprimimos sobre los mejores lienzos de algodón 100% del mercado y utilizando la última tecnología de impresión para un acabado impecable. Comprueba las calidades y acabados de nuestros cuadros y te darás cuenta de la auténtica diferencia respecto a nuestros competidores.
Sólo utilizamos telas 100% algodón, de los mejores fabricantes, con una densidad de 360gr/m2, para garantizar una imagen lo más real posible a la obra original. Son los mismos lienzos utilizados por los pintores y museos para las reproducciones de sus obras.
La textura del lienzo resalta la obra de arte y se consigue lo más cercano al aspecto de una pintura original.
Imprimimos las obras de arte utilizando la técnica de impresión por Giclée, la mas más avanzada actualmente, lo que permite una resolución, nitidez y colorido insuperables. Utilizamos impresoras gran formato con la más moderna tecnología y tintas ecológicas.
Montamos todos nuestros cuadros sobre un bastidor de madera de abeto alistonado de 3 x 3 cm / 3 x 4.5 cm. Esta madera es ideal para la fabricación de bastidores ya que al ser alistonada refuerza el bastidor y evita deformaciones del mismo debido a la tensión del lienzo.
Todos nuestros bastidores son fabricados artesanalmente a mano, uno a uno, a la medida deseada por el cliente. Van reforzados por tensores en las esquinas cortadas en inglete y, junto a su grapado en V y sus barras tensoras para medidas de más de 1 metro, garantizan un bastidor de madera duradero.
El Canal de Gravelines, Petit Fort Philippe
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El Canal de Gravelines, Petit Fort Philippe
Neoimpresionismo
Georges Seurat irrumpió en el París de finales del siglo XIX con una visión que redefiniría la pintura. Mientras el Impresionismo celebraba la espontaneidad y la captura del instante, Seurat buscó un camino más estructurado, casi científico, para entender y plasmar la luz y el color. Su propuesta, el Neoimpresionismo, no fue una ruptura caprichosa, sino el resultado de un estudio riguroso de la óptica y la teoría del color, una búsqueda de la armonía a través de la razón. Lo que distingue a Georges Seurat de sus contemporáneos es su obsesión por la sistematización. Descompuso la luz en sus componentes más puros, aplicando pequeños puntos de color que, al ser vistos a distancia, se fusionan en la retina del espectador. Esta técnica, el puntillismo, no era solo un estilo, sino una filosofía: quería que sus obras tuvieran una solidez y una permanencia que, a su juicio, faltaba en la pintura de su época. "Algunos dicen que ven poesía en mis cuadros; yo solo veo ciencia", afirmó, revelando su enfoque metódico. Su obra más emblemática, "Un domingo por la tarde en la isla de la Grande Jatte", es un testimonio monumental de esta filosofía. En ella, la vida ociosa de la burguesía parisina se congela en una composición donde cada figura, cada sombra, cada brizna de hierba está construida con miles de puntos de color. Es una escena de género que trasciende la anécdota para convertirse en un estudio profundo sobre la forma, la luz y el espacio. "Los bañistas en Asnières" ya mostraba esta inclinación hacia la monumentalidad y la estructura, aunque con un puntillismo en desarrollo. Georges Seurat también exploró el retrato y el paisaje, siempre bajo el prisma de su técnica divisionista. Un dato que a menudo sorprende es la brevedad de su carrera. Georges Seurat falleció a los 31 años, dejando un legado inmenso en un tiempo increíblemente corto. Además, mantuvo su vida personal en secreto, teniendo una relación y un hijo con Madeleine Knobloch, de la que su familia no supo hasta después de su muerte. Su influencia se extendió a movimientos posteriores, sentando las bases para la experimentación con el color y la forma que caracterizaría a las vanguardias del siglo XX. Hoy, su obra se valora no solo por su belleza, sino por su audacia intelectual y su capacidad para fusionar arte y ciencia en una síntesis armónica.
Neo-impresionismo es una palabra creada por el crítico de arte francés Félix Fénéon en 1887 para caracterizar el movimiento artístico de fines del siglo XIX liderado por Georges Seurat y Paul Signac, quienes primero exhibieron sus trabajos en 1884 en la muestra de la Société des Artistes Indépendants en París. El término de Fénéon señalaba que las raíces de estos desarrollos se situaban en las artes visuales del Impresionismo, pero se ofrecía, a su vez, una nueva lectura del color y la línea en la práctica de Seurat y Signac, y el trasfondo teórico de los escritos de Chevreul y Charles Blanc. Los impresionistas usan en su paleta colores puros, bajo ningún concepto admiten una mezcla en la paleta, salvo la mezcla de colores vecinos en el círculo, estos, matizados entre sí, y aclarados con el blanco, engendra la multiplicidad de los colores del prisma y todas sus graduaciones. Merced al empleo de trazos aislados de pincel -cuyo tamaño mantiene una correcta proporción con el tamaño de todo el cuadro-, los colores se mezclan en el ojo del espectador, si este se coloca a la debida distancia. No hay otro medio para detener satisfactoriamente el juego y el choque de elementos contrastantes: la justa cantidad de rojo, por ejemplo, que se encuentra en la sombre de un verde, o el efecto de una luz naranja sobre un color local azul o bien, a la inversa, el de una sombra azul sobre un color local anaranjado. Si estos elementos se combinan de otra manera, y no por mezcla óptica, lo que se obtiene es un color sucio. El objeto de la descomposición de los colores es conferir al color el mayor esplendor posible, crear en el ojo -mediante la mezcla de las partículas de color yuxtapuestas- una luz coloreada, el brillo de la luz y los colores de la naturaleza. De esta fuente de toda belleza, tornamos nosotros las partes fundamentales de nuestras obras, pero el artista debe seleccionar esos elementos. Un cuadro de líneas, y colores, compuesto por un artista genuino, representa una plasmación más mediata que la copia de la naturaleza tal y como nos la ofrece la casualidad. la técnica de descomposición de los colores asegura precisamente a la otra, una armonía cabal -divina proportione-, merced a la correcta distribución y exacto equilibrio de aquellos elementos, y según las reglas del efecto de contraste, gradación e irradiación. Los neoimpresionistas aplican estas reglas -que los impresionistas solo observaron aquí y allá y por instinto- en la forma más constante y estricta. Los neoimpresionistas no atribuyen importancia a la forma de la pincelada, puesto que no les sirve como medio expresivo del modelado, del sentimiento o de la imitación de la forma de un objeto. Para ellos, la pincelada no es más que una de las innumerables partes que, en conjunto, componen el cuadro; un elemento que desempeña el mismo papel que la nota en una sinfonía. Sensaciones tristes o jubilosas, estados de ánimo apacibles o agitados no se expresan ya a través del virtuosismo de la pincelada, sino mediante la correlación de líneas, colores y tonos. El arte de los coloristas está evidentemente asociado, en cierto sentido, tanto con la matemática como con la música. Frente a una tela todavía intacta, el pintor debería determinar ante todo cuáles son los efectos de líneas y superficies que la cruzan, cuáles los colores y tonos que deberían cubrirla. La descomposición de los colores es un sistema que busca armonía, es más una estética que una técnica. Los cuadros neoimpresionistas no son estudios ni cuadros de caballete: son ejemplos de un arte de gran despliegue decorativo, que sacrifica la anécdota a la línea, el análisis a la síntesis, lo fugaz a lo perdurable, y confiere a la naturaleza -tan hastiada ya de que se la reproduzca en forma dudosa- una verdad intangible"