Todos nuestros cuadros son reproducciones digitales de auténticas obras de arte. Las imprimimos sobre los mejores lienzos de algodón 100% del mercado y utilizando la última tecnología de impresión para un acabado impecable. Comprueba las calidades y acabados de nuestros cuadros y te darás cuenta de la auténtica diferencia respecto a nuestros competidores.
Sólo utilizamos telas 100% algodón, de los mejores fabricantes, con una densidad de 360gr/m2, para garantizar una imagen lo más real posible a la obra original. Son los mismos lienzos utilizados por los pintores y museos para las reproducciones de sus obras.
La textura del lienzo resalta la obra de arte y se consigue lo más cercano al aspecto de una pintura original.
Imprimimos las obras de arte utilizando la técnica de impresión por Giclée, la mas más avanzada actualmente, lo que permite una resolución, nitidez y colorido insuperables. Utilizamos impresoras gran formato con la más moderna tecnología y tintas ecológicas.
Montamos todos nuestros cuadros sobre un bastidor de madera de abeto alistonado de 3 x 3 cm / 3 x 4.5 cm. Esta madera es ideal para la fabricación de bastidores ya que al ser alistonada refuerza el bastidor y evita deformaciones del mismo debido a la tensión del lienzo.
Todos nuestros bastidores son fabricados artesanalmente a mano, uno a uno, a la medida deseada por el cliente. Van reforzados por tensores en las esquinas cortadas en inglete y, junto a su grapado en V y sus barras tensoras para medidas de más de 1 metro, garantizan un bastidor de madera duradero.
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Impresionismo
Charles-François Daubigny nos invita a un viaje por la campiña francesa del siglo XIX, un periodo donde el arte de pintar paisajes comenzaba a liberarse de las cadenas académicas. Mientras el Salón de París aún dictaba las normas, Daubigny eligió un camino propio, acercándose a la naturaleza con una franqueza y una intimidad que pocos se atrevían a explorar. Su conexión con la Escuela de Barbizon es profunda, compartiendo con figuras como Corot y Rousseau esa búsqueda de la verdad en el paisaje rural, pero siempre con una mirada personal. Lo que realmente hace único a Daubigny es su método y su visión. Fue pionero en llevar su estudio al aire libre de forma sistemática, navegando por el Sena y el Oise en su famoso bote-estudio, "Le Botin". Desde allí, capturaba la luz cambiante, los reflejos del agua y la atmósfera de los campos y ríos franceses con una espontaneidad que, sin buscarlo, sentó las bases para el Impresionismo. Sus pinceladas, a menudo más sueltas y directas que las de sus colegas de Barbizon, buscaban la impresión momentánea, no la composición idealizada. Es en esta libertad donde reside su verdadera voz. Obras como "El Estanque de Gylieu" o "La Cosecha" no son solo vistas topográficas; son estudios de luz y emoción. En "Amanecer", por ejemplo, se percibe la quietud del alba, la bruma que se disipa y la promesa de un nuevo día. Daubigny tenía la habilidad de infundir vida a escenas cotidianas, elevando un simple rincón de la naturaleza a una experiencia contemplativa. Él mismo lo expresó con sencillez: "No soy un pintor de historia, soy un pintor de paisajes". Esta declaración resume su compromiso con el género y su desinterés por las grandes narrativas. El legado de Daubigny es el de un puente entre dos épocas. Fue un mentor para jóvenes artistas como Monet y Pissarro, quienes lo admiraban y visitaron su estudio en Auvers-sur-Oise. Su insistencia en pintar en plein air y su experimentación con la luz y el color abrieron el camino para la siguiente generación de pintores. Hoy, su obra se valora como un eslabón esencial en la evolución del paisaje moderno, un testimonio de la belleza encontrada en lo ordinario y un recordatorio de que la innovación nace a menudo de una mirada honesta a nuestro entorno. Sus paisajes nos hablan de una quietud profunda y de la belleza efímera de cada instante.
Aunque el término Impresionismo se aplica en diferentes artes como la música y la literatura, su vertiente más conocida, y aquella que fue la precursora, es la pintura. El movimiento plástico impresionista se desarrolló a partir de la segunda mitad del siglo XIX en Europa —principalmente en Francia— caracterizado, a grandes rasgos, por el intento de plasmar la luz (la «impresión» visual) y el instante, sin reparar en la identidad de aquello que la proyectaba. Es decir, si sus antecesores pintaban formas con identidad, los impresionistas pintaban el momento de luz, más allá de las formas que subyacen bajo este. El movimiento fue bautizado por la crítica como impresionismo con ironía y escepticismo respecto al cuadro de Monet. Impresión: sol naciente. Siendo diametralmente opuesto a la pintura metafísica, su importancia es clave en el desarrollo del arte posterior, especialmente del postimpresionismo y las vanguardias.