Todos nuestros cuadros son reproducciones digitales de auténticas obras de arte. Las imprimimos sobre los mejores lienzos de algodón 100% del mercado y utilizando la última tecnología de impresión para un acabado impecable. Comprueba las calidades y acabados de nuestros cuadros y te darás cuenta de la auténtica diferencia respecto a nuestros competidores.
Sólo utilizamos telas 100% algodón, de los mejores fabricantes, con una densidad de 360gr/m2, para garantizar una imagen lo más real posible a la obra original. Son los mismos lienzos utilizados por los pintores y museos para las reproducciones de sus obras.
La textura del lienzo resalta la obra de arte y se consigue lo más cercano al aspecto de una pintura original.
Imprimimos las obras de arte utilizando la técnica de impresión por Giclée, la mas más avanzada actualmente, lo que permite una resolución, nitidez y colorido insuperables. Utilizamos impresoras gran formato con la más moderna tecnología y tintas ecológicas.
Montamos todos nuestros cuadros sobre un bastidor de madera de abeto alistonado de 3 x 3 cm / 3 x 4.5 cm. Esta madera es ideal para la fabricación de bastidores ya que al ser alistonada refuerza el bastidor y evita deformaciones del mismo debido a la tensión del lienzo.
Todos nuestros bastidores son fabricados artesanalmente a mano, uno a uno, a la medida deseada por el cliente. Van reforzados por tensores en las esquinas cortadas en inglete y, junto a su grapado en V y sus barras tensoras para medidas de más de 1 metro, garantizan un bastidor de madera duradero.
Vieja pescadora
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Vieja pescadora
Impresionismo
Jozef Israëls, nacido en Groninga en 1824, nos invita a un viaje profundo por la Holanda del siglo XIX, una tierra de costas bravas y campos trabajados. No fue un pintor de grandes gestas o retratos cortesanos; su lienzo se convirtió en el espejo de la vida humilde, de pescadores y campesinos, a quienes dotó de una dignidad y un patetismo que pocos de sus contemporáneos lograron igualar. Su arte es un eco de la existencia misma, una ventana a las luchas silenciosas y la resignación callada. Aunque sus primeros pasos en la pintura coquetearon con el romanticismo y la historia, un cambio de rumbo lo llevó a abrazar el realismo. Esta decisión, inspirada por la Escuela de Barbizon y el realismo francés, lo convirtió en una de las voces más auténticas y fundacionales de la Escuela de La Haya. Israëls no se limitaba a documentar; él sentía el peso de cada jornada, el frío del mar, la fatiga del trabajo, y lo transmitía con una paleta a menudo sombría, pero siempre iluminada por una luz dramática que recordaba a los viejos maestros holandeses, especialmente a Rembrandt. Obras como "El pescador ahogado" (1861) son un testimonio conmovedor de su maestría. En ella, el dolor de la pérdida se materializa en la figura de la mujer desolada, una escena que trasciende la anécdota para tocar la fibra universal del sufrimiento. Israëls tenía la habilidad de transformar lo cotidiano en lo eterno, de encontrar la belleza y la tragedia en los gestos más sencillos. Sus personajes no son meros modelos; son almas que habitan sus lienzos, invitándonos a la empatía. Un detalle curioso sobre Jozef Israëls es la trayectoria de su hijo, Isaac Israëls, quien se convertiría en un pintor impresionista de renombre en los Países Bajos. Esta divergencia estilística, lejos de generar conflicto, fue apoyada por el padre, mostrando una apertura de mente que no siempre se encuentra en artistas de su generación. El legado de Jozef Israëls es el de un cronista visual que dio voz a los que a menudo eran olvidados, un artista cuya obra sigue siendo valorada por su honestidad, su técnica y la profunda humanidad que irradia. Como se dijo de él en su tiempo, "Él es el poeta de los pobres", una descripción que encapsula su compromiso con la representación de la condición humana en su forma más vulnerable y auténtica.
Aunque el término Impresionismo se aplica en diferentes artes como la música y la literatura, su vertiente más conocida, y aquella que fue la precursora, es la pintura. El movimiento plástico impresionista se desarrolló a partir de la segunda mitad del siglo XIX en Europa —principalmente en Francia— caracterizado, a grandes rasgos, por el intento de plasmar la luz (la «impresión» visual) y el instante, sin reparar en la identidad de aquello que la proyectaba. Es decir, si sus antecesores pintaban formas con identidad, los impresionistas pintaban el momento de luz, más allá de las formas que subyacen bajo este. El movimiento fue bautizado por la crítica como impresionismo con ironía y escepticismo respecto al cuadro de Monet. Impresión: sol naciente. Siendo diametralmente opuesto a la pintura metafísica, su importancia es clave en el desarrollo del arte posterior, especialmente del postimpresionismo y las vanguardias.