Todos nuestros cuadros son reproducciones digitales de auténticas obras de arte. Las imprimimos sobre los mejores lienzos de algodón 100% del mercado y utilizando la última tecnología de impresión para un acabado impecable. Comprueba las calidades y acabados de nuestros cuadros y te darás cuenta de la auténtica diferencia respecto a nuestros competidores.
Sólo utilizamos telas 100% algodón, de los mejores fabricantes, con una densidad de 360gr/m2, para garantizar una imagen lo más real posible a la obra original. Son los mismos lienzos utilizados por los pintores y museos para las reproducciones de sus obras.
La textura del lienzo resalta la obra de arte y se consigue lo más cercano al aspecto de una pintura original.
Imprimimos las obras de arte utilizando la técnica de impresión por Giclée, la mas más avanzada actualmente, lo que permite una resolución, nitidez y colorido insuperables. Utilizamos impresoras gran formato con la más moderna tecnología y tintas ecológicas.
Montamos todos nuestros cuadros sobre un bastidor de madera de abeto alistonado de 3 x 3 cm / 3 x 4.5 cm. Esta madera es ideal para la fabricación de bastidores ya que al ser alistonada refuerza el bastidor y evita deformaciones del mismo debido a la tensión del lienzo.
Todos nuestros bastidores son fabricados artesanalmente a mano, uno a uno, a la medida deseada por el cliente. Van reforzados por tensores en las esquinas cortadas en inglete y, junto a su grapado en V y sus barras tensoras para medidas de más de 1 metro, garantizan un bastidor de madera duradero.
El misterioso sueño de Milton
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El misterioso sueño de Milton
Simbolismo
William Blake emerge en un Londres de finales del siglo XVIII, una época donde la razón ilustrada empezaba a sentir el pulso de la emoción romántica. Sin embargo, Blake no se alineó con ninguna corriente; forjó un universo propio, una cosmogonía donde lo místico y lo profético se entrelazaban con una intensidad sin parangón. No era un mero artista, sino un vidente que plasmaba sus visiones en una forma de arte total. Lo que distingue a William Blake es su convicción inquebrantable en el poder de la imaginación. Rechazó las convenciones de su tiempo para crear "libros iluminados", donde el texto poético y la imagen grabada se fusionaban en una unidad indivisible. Esta técnica, el grabado en relieve o "impresión iluminada", le otorgaba un control absoluto, permitiéndole ser poeta, pintor y editor de su propia mitología. Obras como "Cantos de Inocencia y de Experiencia", "El Matrimonio del Cielo y el Infierno" o la serie "El Gran Dragón Rojo" no son simples ilustraciones; son ventanas a su compleja visión del mundo. A través de ellas, William Blake explora la dualidad humana, la opresión y la liberación espiritual con una fuerza alegórica que todavía hoy nos interpela. Aunque se le asocia al Romanticismo por su énfasis en la emoción y lo sublime, su individualismo extremo lo sitúa en una órbita única, casi inclasificable. Sus géneros predilectos fueron la alegoría y la pintura religiosa y mitológica, siempre impregnadas de un profundo sentido espiritual. Técnicamente, además de su grabado, dominó la acuarela y el temple, y en sus figuras se percibe la monumentalidad de Miguel Ángel y la precisión de Durero, con ecos del arte gótico. Un detalle fascinante sobre William Blake es que, desde su infancia, afirmó tener visiones de ángeles y espíritus, experiencias que él consideraba tan reales como el mundo físico. Estas visiones nutrieron su obra y, aunque a menudo incomprendidas por sus contemporáneos, son la clave de su singularidad. Murió en relativa oscuridad, pero su legado fue redescubierto por los Prerrafaelitas y, más tarde, por Simbolistas y Surrealistas, quienes lo vieron como un precursor. Hoy, su obra es valorada por su originalidad, su intensidad emocional y su poder visionario. Como él mismo escribió: "Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre tal cual es: infinito."
El Simbolismo fue uno de los movimientos artísticos más importantes de finales del siglo XIX, originado en Francia y en Bélgica. En un manifiesto literario, publicado en 1886, Jean Moréas definió este nuevo estilo como «enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la descripción objetiva». Para los simbolistas, el mundo es un misterio por descifrar, y el poeta debe para ello trazar las correspondencias ocultas que unen los objetos sensibles (por ejemplo, Rimbaud establece una correspondencia entre las vocales y los colores en su soneto Vocales). Para ello es esencial el uso de la sinestesia. El movimiento tiene sus orígenes en Las flores del mal, libro emblema de Charles Baudelaire. El escritor Edgar Allan Poe, a quien Baudelaire apreciaba en gran medida, influyó también decisivamente en el movimiento, proporcionándole la mayoría de imágenes y figuras literarias que utilizaría. La estética del Simbolismo fue desarrollada por Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine en la década de 1870. Para 1880, el movimiento había atraído toda una generación de jóvenes escritores cansados de los movimientos realistas. El Simbolismo fue en sus comienzos una reacción literaria contra el Naturalismo y Realismo, movimientos anti-idealistas que exaltaban la realidad cotidiana y la ubicaban por encima del ideal. Estos movimientos provocaron un fuerte rechazo en la juventud parisina, llevándolos a exaltar la espiritualidad, la imaginación y los sueños.