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Estirados acabado Estirados

Reflejados acabado Reflejados

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los detalles de nuestros cuadros marcan la diferencia
Una auténtica obra de arte

Todos nuestros cuadros son reproducciones digitales de auténticas obras de arte. Las imprimimos sobre los mejores lienzos de algodón 100% del mercado y utilizando la última tecnología de impresión para un acabado impecable. Comprueba las calidades y acabados de nuestros cuadros y te darás cuenta de la auténtica diferencia respecto a nuestros competidores.

Lienzo Algodón 100%

lienzo algodón 100% Sólo utilizamos telas 100% algodón, de los mejores fabricantes, con una densidad de 360gr/m2, para garantizar una imagen lo más real posible a la obra original. Son los mismos lienzos utilizados por los pintores y museos para las reproducciones de sus obras.
La textura del lienzo resalta la obra de arte y se consigue lo más cercano al aspecto de una pintura original.

Impresión Full HD - Fine Art - Giclée

impresion% Imprimimos las obras de arte utilizando la técnica de impresión por Giclée, la mas más avanzada actualmente, lo que permite una resolución, nitidez y colorido insuperables. Utilizamos impresoras gran formato con la más moderna tecnología y tintas ecológicas.

Bastidor de madera fabricado a medida

lienzo algodón 100% Montamos todos nuestros cuadros sobre un bastidor de madera de abeto alistonado de 3 x 3 cm / 3 x 4.5 cm. Esta madera es ideal para la fabricación de bastidores ya que al ser alistonada refuerza el bastidor y evita deformaciones del mismo debido a la tensión del lienzo.
Todos nuestros bastidores son fabricados artesanalmente a mano, uno a uno, a la medida deseada por el cliente. Van reforzados por tensores en las esquinas cortadas en inglete y, junto a su grapado en V y sus barras tensoras para medidas de más de 1 metro, garantizan un bastidor de madera duradero.

Más información sobre la Obra Dos Amigos

Dos Amigos

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Dos Amigos

Toulouse-Lautrec

Public Domain

Postimpresionismo

Más información sobre el pintor Toulouse-Lautrec

En el vibrante París de la Belle Époque, un artista de origen noble, Henri de Toulouse-Lautrec, encontró su verdadero hogar y su voz en los cabarets y burdeles de Montmartre. Nacido en Albi en 1864, su mirada no buscaba la idealización, sino la verdad cruda de una época de efervescencia cultural y profundos contrastes. Se sumergió en la vida nocturna, documentando con una honestidad desarmante a sus habitantes: bailarinas, cantantes, clientes y figuras marginales, convirtiéndose en el cronista visual de un mundo que pocos se atrevían a mostrar. Lo que distingue a Toulouse-Lautrec de sus contemporáneos postimpresionistas es su enfoque implacable en la figura humana. Mientras otros exploraban la luz, el color o la emoción subjetiva, él se concentró en el alma de sus sujetos, despojándolos de artificios. Sus pinceladas rápidas y su paleta, a menudo sombría pero con destellos vibrantes, capturan la atmósfera densa de los locales nocturnos. No juzgaba; simplemente mostraba, ofreciendo una visión profunda y empática, influenciado por la agudeza de Degas, la modernidad de Manet y la composición de los grabados japoneses. Entre sus obras más reveladoras se encuentra "En el Moulin Rouge" (1892-1895), un lienzo que nos sumerge en la artificialidad y el bullicio del famoso cabaret, donde cada personaje cuenta una historia. Sus icónicos carteles, como "Moulin Rouge: La Goulue" (1891), son mucho más que publicidad; son piezas de arte que elevaron la litografía a una forma de expresión artística, anticipando el diseño gráfico moderno. Su serie sobre las prostitutas, como "La Toilette" (1896), es un testimonio de su visión sin filtros de la condición humana, mostrando momentos de intimidad y vulnerabilidad. Un detalle poco conocido es que, a pesar de su origen aristocrático y su vida bohemia, Toulouse-Lautrec era un cocinero aficionado y un gran anfitrión. Le encantaba preparar platos elaborados para sus amigos, llegando a publicar un libro de recetas póstumo. Su legado es la crónica visual más auténtica y conmovedora de la Belle Époque, una era donde la alegría y la melancolía convivían. Su obra es valorada hoy por su audacia, su modernidad y su profunda humanidad. Como él mismo dijo: "Pinto lo que veo, no lo que la gente quiere que vea."

Más información sobre el gérero artistico Postimpresionismo

Posimpresionismo o postimpresionismo es un término histórico-artístico que se aplica a los estilos pictóricos de finales del siglo XIX y principios del XX posteriores al impresionismo. Lo acuñó el crítico británico Roger Fry con motivo de una exposición de pinturas de Paul Cézanne, Paul Gauguin y Vincent van Gogh que se celebró en Londres en 1910. Este término engloba diversos estilos personales planteándolos como una extensión del impresionismo y a la vez como un rechazo a las limitaciones de este. Los postimpresionistas continuaron utilizando colores vivos, una aplicación compacta de la pintura, pinceladas distinguibles y temas de la vida real, pero intentaron llevar más emoción y expresión a su pintura. Sus exponentes reaccionaron contra el deseo de reflejar fielmente la naturaleza y presentaron una visión más subjetiva del mundo. Todos los artistas agrupados bajo el término postimpresionismo conocieron y practicaron en algún momento los postulados impresionistas, un movimiento pictórico que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XIX y que rompió los supuestos académicos, sociales y económicos vigentes en el arte. Supuso una revolución2 y sus obras recibieron fuertes críticas. Al ser rechazados en los circuitos oficiales, el grupo de los pintores impresionistas organizó sus propias exposiciones y mantuvo una cohesión que duró hasta que, décadas después, algunos de ellos alcanzaron cierto reconocimiento. De la disgregación de ese movimiento nació el postimpresionismo en parte como evolución y en parte como ruptura. El impresionismo supuso una ruptura de los conceptos dominantes en la pintura y la escultura. Si hasta entonces primaban el estudio racional de la obra, la composición sobre dibujos previos y la claridad de las líneas, los neoimpresionistas abandonaron ese suelo para tratar de captar en sus obras la impresión espontánea, tal como llegaba a sus sentidos. No les importaba tanto el objeto que se quería pintar como la sensación recibida. La sensación fugaz, efímera, difícilmente perceptible y reproducible. Los pintores impresionistas abandonaron los talleres y salieron al exterior. Sus modelos fueron la calle, el edificio, el paisaje, la persona, el hecho pero no en su concepción estática y permanente sino percibidos en ese momento casi único. El pintor impresionista pintaba in situ y terminaba la obra con rapidez. Utilizaba trazos sueltos, cortos y vigorosos. Los objetos y el propio espacio no se delimitaban con líneas siguiendo los cánones renacentistas sino que se formaban en la retina del observador a partir de esos trazos imprecisos. La pintura impresionista descubrió el valor cambiante de la luz y su movimiento, utilizando una rica paleta cromática de la que excluyeron el negro porque el color negro, según decían, no existía en la naturaleza.