Todos nuestros cuadros son reproducciones digitales de auténticas obras de arte. Las imprimimos sobre los mejores lienzos de algodón 100% del mercado y utilizando la última tecnología de impresión para un acabado impecable. Comprueba las calidades y acabados de nuestros cuadros y te darás cuenta de la auténtica diferencia respecto a nuestros competidores.
Sólo utilizamos telas 100% algodón, de los mejores fabricantes, con una densidad de 360gr/m2, para garantizar una imagen lo más real posible a la obra original. Son los mismos lienzos utilizados por los pintores y museos para las reproducciones de sus obras.
La textura del lienzo resalta la obra de arte y se consigue lo más cercano al aspecto de una pintura original.
Imprimimos las obras de arte utilizando la técnica de impresión por Giclée, la mas más avanzada actualmente, lo que permite una resolución, nitidez y colorido insuperables. Utilizamos impresoras gran formato con la más moderna tecnología y tintas ecológicas.
Montamos todos nuestros cuadros sobre un bastidor de madera de abeto alistonado de 3 x 3 cm / 3 x 4.5 cm. Esta madera es ideal para la fabricación de bastidores ya que al ser alistonada refuerza el bastidor y evita deformaciones del mismo debido a la tensión del lienzo.
Todos nuestros bastidores son fabricados artesanalmente a mano, uno a uno, a la medida deseada por el cliente. Van reforzados por tensores en las esquinas cortadas en inglete y, junto a su grapado en V y sus barras tensoras para medidas de más de 1 metro, garantizan un bastidor de madera duradero.
Estudio de Playa
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Estudio de Playa
Postimpresionismo
Joaquín Sorolla, el pintor valenciano que nació en 1863, no buscó la oscuridad ni los simbolismos densos que poblaban el arte europeo de su tiempo. Él eligió la luz, la vitalidad y la inmediatez de la vida bajo el sol mediterráneo. Su pincelada, lejos de la rigidez académica, se convirtió en un vehículo para capturar la esencia de un instante, una brisa, un reflejo en el agua. Mientras otros exploraban lo introspectivo, Sorolla se lanzó al exterior, a la playa, a los campos, a la gente. Su obra es un canto al optimismo, una ventana abierta a la alegría de vivir que pocos artistas han sabido transmitir con tanta fuerza y autenticidad. Su formación en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, tras una infancia marcada por la orfandad, lo llevó a Roma y luego a la vibrante París. Allí, aunque entró en contacto con el impresionismo, Sorolla forjó un camino propio. No se adhirió a dogmas, sino que absorbió la libertad de la pincelada para desarrollar un estilo personal, un luminismo vibrante donde el color se funde con la luz de manera casi tangible. Esta búsqueda de la luz se convirtió en su firma, en el pulso que animaba cada lienzo. Su capacidad para entender y plasmar la transparencia del agua o la calidez del sol sobre la piel es algo que aún hoy nos fascina y nos conecta con la inmensidad de sus paisajes y retratos. Aunque obras de denuncia social como '¡Triste herencia!' le valieron un temprano reconocimiento, fue en la captura de la vida al aire libre donde Sorolla encontró su verdadera voz. 'Paseo a orillas del mar' (1909) es un ejemplo de la elegancia y la luz que emanan de sus figuras, un momento congelado de la brisa marina y la moda de la época. En 'La vuelta de la pesca' (1894) o 'Niños en la playa' (1910), vemos su habilidad para plasmar la inocencia infantil y la vida cotidiana con una frescura que nos transporta directamente a la orilla. Los monumentales paneles de la 'Visión de España' para la Hispanic Society de Nueva York son, además, un testimonio de su capacidad para sintetizar la riqueza cultural de las regiones españolas a través de sus gentes y paisajes, elevando lo cotidiano a la categoría de arte. Un aspecto que a menudo asombra es la velocidad con la que Joaquín Sorolla trabajaba. Era capaz de completar lienzos de gran formato en una sola sesión, persiguiendo la luz cambiante con una energía casi febril, como si temiera que el instante se le escapara. Su esposa, Clotilde García del Castillo, fue su musa constante, apareciendo en numerosos retratos que revelan una ternura profunda y una conexión íntima. Él mismo lo expresó con claridad: 'La luz es la vida del cuadro'. Su legado hoy es el de un artista que infundió alegría y vitalidad en cada pincelada, un maestro que nos enseñó a ver la belleza en lo cotidiano y la magia en la luz del sol. Su obra sigue siendo una celebración de la vida, un recordatorio de la belleza que nos rodea si sabemos mirar con sus ojos.
Posimpresionismo o postimpresionismo es un término histórico-artístico que se aplica a los estilos pictóricos de finales del siglo XIX y principios del XX posteriores al impresionismo. Lo acuñó el crítico británico Roger Fry con motivo de una exposición de pinturas de Paul Cézanne, Paul Gauguin y Vincent van Gogh que se celebró en Londres en 1910. Este término engloba diversos estilos personales planteándolos como una extensión del impresionismo y a la vez como un rechazo a las limitaciones de este. Los postimpresionistas continuaron utilizando colores vivos, una aplicación compacta de la pintura, pinceladas distinguibles y temas de la vida real, pero intentaron llevar más emoción y expresión a su pintura. Sus exponentes reaccionaron contra el deseo de reflejar fielmente la naturaleza y presentaron una visión más subjetiva del mundo. Todos los artistas agrupados bajo el término postimpresionismo conocieron y practicaron en algún momento los postulados impresionistas, un movimiento pictórico que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XIX y que rompió los supuestos académicos, sociales y económicos vigentes en el arte. Supuso una revolución2 y sus obras recibieron fuertes críticas. Al ser rechazados en los circuitos oficiales, el grupo de los pintores impresionistas organizó sus propias exposiciones y mantuvo una cohesión que duró hasta que, décadas después, algunos de ellos alcanzaron cierto reconocimiento. De la disgregación de ese movimiento nació el postimpresionismo en parte como evolución y en parte como ruptura. El impresionismo supuso una ruptura de los conceptos dominantes en la pintura y la escultura. Si hasta entonces primaban el estudio racional de la obra, la composición sobre dibujos previos y la claridad de las líneas, los neoimpresionistas abandonaron ese suelo para tratar de captar en sus obras la impresión espontánea, tal como llegaba a sus sentidos. No les importaba tanto el objeto que se quería pintar como la sensación recibida. La sensación fugaz, efímera, difícilmente perceptible y reproducible. Los pintores impresionistas abandonaron los talleres y salieron al exterior. Sus modelos fueron la calle, el edificio, el paisaje, la persona, el hecho pero no en su concepción estática y permanente sino percibidos en ese momento casi único. El pintor impresionista pintaba in situ y terminaba la obra con rapidez. Utilizaba trazos sueltos, cortos y vigorosos. Los objetos y el propio espacio no se delimitaban con líneas siguiendo los cánones renacentistas sino que se formaban en la retina del observador a partir de esos trazos imprecisos. La pintura impresionista descubrió el valor cambiante de la luz y su movimiento, utilizando una rica paleta cromática de la que excluyeron el negro porque el color negro, según decían, no existía en la naturaleza.