Todos nuestros cuadros son reproducciones digitales de auténticas obras de arte. Las imprimimos sobre los mejores lienzos de algodón 100% del mercado y utilizando la última tecnología de impresión para un acabado impecable. Comprueba las calidades y acabados de nuestros cuadros y te darás cuenta de la auténtica diferencia respecto a nuestros competidores.
Sólo utilizamos telas 100% algodón, de los mejores fabricantes, con una densidad de 360gr/m2, para garantizar una imagen lo más real posible a la obra original. Son los mismos lienzos utilizados por los pintores y museos para las reproducciones de sus obras.
La textura del lienzo resalta la obra de arte y se consigue lo más cercano al aspecto de una pintura original.
Imprimimos las obras de arte utilizando la técnica de impresión por Giclée, la mas más avanzada actualmente, lo que permite una resolución, nitidez y colorido insuperables. Utilizamos impresoras gran formato con la más moderna tecnología y tintas ecológicas.
Montamos todos nuestros cuadros sobre un bastidor de madera de abeto alistonado de 3 x 3 cm / 3 x 4.5 cm. Esta madera es ideal para la fabricación de bastidores ya que al ser alistonada refuerza el bastidor y evita deformaciones del mismo debido a la tensión del lienzo.
Todos nuestros bastidores son fabricados artesanalmente a mano, uno a uno, a la medida deseada por el cliente. Van reforzados por tensores en las esquinas cortadas en inglete y, junto a su grapado en V y sus barras tensoras para medidas de más de 1 metro, garantizan un bastidor de madera duradero.
Adán y Eva conducidos desde el paraíso
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Adán y Eva conducidos desde el paraíso
Academicismo
James Tissot, nacido Jacques-Joseph Tissot en Nantes en 1836, fue un observador agudo de la sociedad de su tiempo. Supo capturar la esencia de la vida burguesa y la moda victoriana con una precisión casi fotográfica. Su carrera se dividió en dos fases muy distintas, un dualismo que lo distingue de muchos contemporáneos que solían adherirse a un estilo o temática más uniforme. En la efervescente segunda mitad del siglo XIX, Tissot se movió entre París y Londres, capitales que dictaban las tendencias culturales y artísticas. En París, se formó en la École des Beaux-Arts y expuso en el Salón. Sus pinturas de historia y retratos iniciales ya mostraban una atención meticulosa al detalle. Fue en Londres, tras la Comuna de París, donde realmente encontró su voz. Allí se sumergió en el vibrante ambiente victoriano. Sus escenas de género, a menudo ambientadas en jardines, balcones o a bordo de barcos, se convirtieron en un espejo de la elegancia y las costumbres de la época. Tenían un toque de misterio y una narrativa implícita que invitaba a la especulación. Obras como El baile a bordo o Octubre exhiben su fascinación por la indumentaria, los accesorios y las interacciones sociales sutiles. Se le asocia con el realismo por su detallada representación de la vida cotidiana, pero también con el japonismo, evidente en la composición asimétrica y el uso de elementos decorativos orientales. Un dato curioso es que Tissot fue uno de los primeros artistas en experimentar con la fotografía como herramienta preparatoria para sus pinturas. Buscaba esa exactitud que tanto valoraba. Esta práctica, aunque común hoy, era entonces una novedad que le permitía capturar poses y detalles con una fidelidad inusual. La trágica muerte de su musa y compañera, Kathleen Newton, en 1882, marcó un punto de inflexión radical. Tissot abandonó Londres y las escenas mundanas para regresar a París y dedicarse a una serie monumental sobre la vida de Cristo. Para ello, viajó a Tierra Santa. Estas obras religiosas, ejecutadas con una técnica que combinaba el óleo con la acuarela y el gouache, buscaban una autenticidad histórica y emocional sin precedentes. Aunque esta fase fue menos comprendida por la crítica de su tiempo, hoy se valora como un testimonio de su profunda búsqueda espiritual y su incansable experimentación. Como dijo The Art Journal en 1874 sobre su trabajo, poseía "un encanto peculiar, una cierta picardía, que era enteramente suya". Su legado reside en esa capacidad de transitar entre lo mundano y lo sagrado, dejando un testimonio visual inigualable de dos mundos.
Art pompier (lit.francés: «Arte bombero») es una denominación peyorativa para referirse al academicismo francés de la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la influencia de la Academia de Bellas Artes. La expresión refiere todavía hoy al arte académico oficial, adicto al poder, que aunque utiliza técnicas magistrales resulta a menudo falso y vacío de contenidos. El origen del apelativo es incierto: podría derivar de los yelmos de las figuras clásicas, similares al casco de un bombero, o simplemente al carácter pomposo y retórico de muchas representaciones de la época. La corriente artística del Neoclasicismo, inserta en el Siglo XVIII y prolongada a la primera mitad del XIX tenía en el rigor racional el primer requisito para prestarse a la enseñanza en las academias, y sugería, en su mismo contenido, el camino de la imitación, no ya de la naturaleza visible o la realidad social, sino del producto artístico y de la historia del mito de aquel lejano pasado, griego y romano, que se señalaba como modelo de armonía y belleza. En Francia, el sugestivo ejemplo del arte de David -por otro lado personalmente opuesto a cualquier academia- y luego el de Ingres generará consenso y motivará a imitadores. La Academia real de pintura y escultura se había creado en Francia en 1648, con el objetivo de garantizar a los artistas una norma de calidad, dotándolos de un estilo pleno de simplicidad aunque también de grandiosidad, de armonía y de pureza.